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El viento del desierto

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El viento del desierto

Mensaje por Fukukiri el Vie Jul 15, 2011 1:19 pm

Tras los acontecimientos acaecidos en la aldea como resultado de la intrusión de los ninjas de la niebla, fukukiri se tomó unos días para entrenarse, ya que se había dado cuenta de que aún presentaba muchos puntos débiles, como el hecho de no haber podido impedir que aquel shinobi escapara de rositas en el encuentro que mantuvieron en las cloacas. Tal vez, si hubiese dispuesto de una técnica adecuada, hubiera conseguido neutralizarlo y, consiguientemente, la situación se hubiera solucionado sin muchos más problemas. Así, había optado por dominar una técnica muy conocida en su aldea: Kamaitachi.

Se dirigió a las afueras de la aldea, al desierto, donde podría entrenar aquella técnica sin que nadie resultara herido o hubiera daños materiales colaterales. Llevaba el pergamino con las instrucciones para realizar la técnica en la mano, así que, una vez encontró un lugar adecuado, cerca de una formación rocosa, para poder aguantar el calor bajo la sombra de ésta, lo desenrolló, sentándose sobre una roca, y examinó su contenido, poniendo atención a todos los pasos. De pronto, un sonido llamó su atención; era débil, pero estaba muy cerca de él. Giró la cabeza a un lado y pudo ver un escorpión que salía de un hueco que se formaba entre dos piedras, acercándose hacia él. Parecía que aquel bicho lo había confundido con comida; craso error. Fukukiri se mantuvo en silencio, quieto, observando cómo se acercaba, hasta que, cuando estuvo suficientemente cerca, se llevó la mano al brazo, desenfundando un kunai, y lo clavó sin ninguna piedad contra el animal, destrozándolo por completo y haciendo que sus fluidos se derramaran sobre la arena.

Después de aquel pequeño incidente, se incorporó, guardando el pergamino en la bolsa, junto a los que portaba para realizar la proyección de armas, y se separó un poco de aquel risco. Lo primero que había que hacer era concentrar el chakra y darle la forma necesaria para crear un torbellino de viento cortante, así que, se mantuvo quieto un momento, concentrándose, antes de ejecutar unos sellos con las manos:

(¡Tigre! ¡Serpiente!) —mentalizó los nombres de las formas que hacía con las manos—; ¡Ninpô: Kamaitachi! —exclamó, tratando de lanzar su técnica, pero sólo consiguió provocar que el aire frente a sí se removiera de manera turbulenta, generando una agradable brisa que movió sus cabellos y secó un poco el sudor que escurría por su rostro.

Estaba claro que aún le faltaba bastante para llegar a dominar aquella técnica, pues aquello no se había podido considerar ni siquiera un torbellino violento, mucho menos cortante. Debía ajustar las cantidades de chakra que usaba, así como la forma que le daba al expulsarlo a través de sus manos. Como sabía, aquello era cuestión de ensayo y error, siendo necesario repetir una y otra vez hasta encontrar la proporción justa, así como los gestos y sincronización adecuados. Se quitó la bandana de la frente, pues ésta le daba calor, y se la ató al brazo derecho, sobre su piel, donde ya sólo quedaba la cicatriz de lo que antes fue una herida considerable, curada por las habilidades de Niichu; una herida que le marcaría para siempre, ganada el día más fatídico de su vida.

Estuvo intentándolo bastante tiempo, unas dos horas, en las que, poco a poco, iba ajustando los parámetros necesarios para que la técnica funcionase, logrando levantar arena del suelo con potentes remolinos de aire y quedando esparcida después por doquier. Así, el ambiente se había enrarecido un poco, generándose una nube de polvo a su alrededor que no parecía precipitarse hasta el suelo nunca, ayudada también por los vientos del desierto. Su chakra iba disminuyendo y ya disponía tan sólo de una pequeña cantidad comparada con la que había empezado. Su cuerpo estaba empapado de sudor, ya que, a pesar de encontrarse a la sombra, la temperatura era altísima, casi insoportable para una persona normal. Jadeaba intensamente, tratando de refrescar sus acalorados pulmones, pero sólo encontraba fuego y polvo en el aire.

Bajo estas duras condiciones, realizaba sus últimos intentos y, por fin, pareció que salía algo parecido a lo que él había pensado en un principio. Un fuerte torbellino salió desde sus manos, avanzando por la arena y levantándola violentamente, hasta que, finalmente, se disipó tras recorrer unos veinte metros. No sabía si lo había logrado, pues le faltaba comprobar el efecto cortante de la técnica, que, con granos de arena, era imposible de apreciar. Se giró entonces hacia las rocas y efectuó los sellos y los movimientos del mismo modo en que lo había hecho hacía un momento, usando la misma proporción de chakra. El pequeño tornado salió entonces lanzado hacia el risco, estrellándose contra él y produciendo un cierto chirrido hasta el momento de disiparse. Cuando Fukukiri se acercó para comprobar sus efectos, percibió arañazos sobre la superficie rocosa que antes no había visto. Además, el cadáver de aquel escorpión que había tratado de envenenarlo estaba en mucho peor estado que cuando lo vio por última vez. Con una sonrisa de satisfacción y bajo aquel sol castigador, regresó a la aldea, contento por haber aumentado sus poderes de aquella manera tan útil, ya que ahora podría repeler ataques de proyectiles con facilidad a la vez que atacaba o disipar cortinas de humo que le impidieran ver.

Fukukiri
Genin

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